Introducción a las cartas de C. Marx a L. Kugelmann

Al editar en un folleto la recopilación completa de las cartas de Marx a Kugelmann, que aparecieron en el semanario socialdemócrata alemán Neue Zeit, nos proponemos dar a conocer más íntimamente al público ruso a Marx y el marxismo. En la correspondencia de Marx ocupan un lugar destacado, como era de esperar, los temas personales. Para un biógrafo, todo esto constituye un material muy valioso. Mas para el público en general y, particularmente, para la clase obrera de Rusia, son infinitamente más importantes aquellos pasajes de las cartas que contienen materiales de carácter teórico y político. En nuestro país, precisamente en la época revolucionaria en que vivimos, es muy instructivo profundizar en un material que testimonia cómo Marx se hacía eco inmediato de todos los problemas del movimiento obrero y de la política mundial. Tiene completa razón la redacción de Neue Zeit al afirmar que “nos eleva el conocimiento directo de aquellos hombres, cuyas ideas y voluntad se formaron en las circunstancias de grandes revoluciones”. En 1907, para los socialistas rusos, este conocimiento es doblemente necesario, ya que les proporciona multitud de las más valiosas enseñanzas acerca de las tareas inmediatas de los socialistas en todas y cada una de las revoluciones por las que atraviesa su país. Rusia pasa precisamente en nuestros días por una “gran revolución”. La política seguida por Marx en los años relativamente tempestuosos de la década del 60 debe servir, con muchísima frecuencia, de modelo directo para la política socialdemócrata en la actual revolución rusa.

Por lo tanto, nos permitiremos señalar, con la mayor brevedad, los pasajes de la correspondencia de Marx de especial importancia en el sentido teórico, y detenernos con más detalle en su política revolucionaria, como representante del proletariado.

[…]

Esto es lo que deberían aprender de Marx los intelectuales marxistas rusos, postrados por el escepticismo y atontados por la pedantería, propensos a los discursos de arrepentimiento y que se cansan rápidamente de la revolución y sueñan, como si fuese una fiesta, con el entierro de la revolución para sustituirla por la prosa constitucional. Deberían aprender del jefe y teórico de los proletarios a tener fe en la revolución, a saber llamar a la clase obrera a defender hasta el fin sus tareas revolucionarias inmediatas, a mantener firme el espíritu, sin llegar a los lloriqueos pusilánimes ante los reveses temporales de la revolución.

¡Los pedantes del marxismo piensan que todo esto es charlatanería ética, romanticismo, falta de realismo! ¡No, señores! Esto es saber unir la teoría revolucionaria con la política revolucionaria, unión sin la cual el marxismo se convierte en brentanismo, en struvismo, en sombartismo. La doctrina de Marx fundió en un todo indisoluble la teoría y la práctica de la lucha de clases. Y no es marxista quien deforma una teoría que constata serenamente la situación objetiva, para justificar la situación existente, llegando al deseo de adaptarse cuanto antes a cada declive temporal de la revolución, de abandonar lo más rápidamente posible las “ilusiones revolucionarias” y dedicarse a pequeñeces “reales”.

Marx era capaz de sentir la proximidad de la revolución y elevar al proletariado hasta la conciencia de sus tareas revolucionarias progresivas en la época más pacífica, que podría parecer, según expresión suya, “idílica” o “desconsoladoramente estancada” (según la redacción de Neue Zeit). En cambio, nuestros intelectuales rusos, que simplifican a Marx de modo filisteo, ¡ aconsejan al proletariado, en la época de mayor auge de la revolución, que realice una política pasiva, que se deje llevar sumiso “por la corriente”, que apoye tímidamente a los elementos más vacilantes del partido liberal en moda!

La apreciación que Marx hace de la Comuna de París corona sus cartas a Kugelmann. Y esta apreciación es particularmente instructiva si la comparamos con los métodos empleados por los socialdemócratas rusos del ala derecha. Plejánov, que después de diciembre de 1905 exclamó con pusilanimidad: “¡No se debía haber empuñado las armas!”, tenía la modestia de compararse con Marx, afirmando que también Marx frenaba la revolución en 1870.

Sí, también Marx la frenaba. Pero fíjense en el abismo que hay entre Plejánov y Marx en la comparación hecha por el primero.

En noviembre de 1905, un mes antes de que llegase a su punto culminante la primera ola revolucionaria rusa, Plejánov no sólo no advertía resueltamente al proletariado, sino que, por el contrario, afirmaba sin ambages que era necesario aprender a manejar las armas y armarse. Pero cuando un mes más tarde estalló la lucha, Plejánov, sin hacer el menor intento de análisis de su papel e importancia en la marcha general de los acontecimientos, de su enlace con las formas anteriores de lucha, se apresuró a pasar por un intelectual arrepentido gritando: “No se debía de haber empuñado las armas”.

En septiembre de 1870, medio año antes de la Comuna, Marx advirtió francamente a los obreros franceses, en su famoso llamamiento de la Internacional que la insurrección sería una locura. Puso al descubierto de antemano las ilusiones nacionalistas respecto a la posibilidad de un movimiento en el espíritu del de I792. Supo decir muchos meses antes, y no ya después de los acontecimientos : “No se debe empuñar las armas”.

Pero, ¿qué posición asumió Marx cuando esta obra desesperada, según su propia declaración de septiembre, empezó a tomar vida en marzo de 1871? ¿ Acaso Marx aprovechó esta ocasión (como lo hizo Plejánov con respecto a los acontecimientos de diciembre) únicamente en “detrimento” de sus adversarios, los proudhonistas y blanquistas que dirigían la Comuna? ¿Acaso se puso a gruñir como una preceptora: “ya decía yo, ya les advertía, y ahí tenéis vuestro romanticismo, vuestros delirios revolucionarios”? ¿Acaso Marx se dirigió a los comuneros como Plejánov a los luchadores de diciembre con su sermón de filisteo autosatisfecho: “No se debía de haber empuñado las armas”?

No. El 12 de abril de 1871 Marx escribió una carta llena de entusiasmo a Kugelmann, carta que con gran placer colgaríamos en la casa de cada socialdemócrata ruso, de cada obrero ruso que supiera leer.

Marx, que en septiembre de 1870 había calificado la insurrección de locura, en abril de 1871, al ver el carácter popular y de masas del movimiento, lo trata con la máxima atención de quien participa en los grandes acontecimientos que marcan un paso adelante en el histórico movimiento revolucionario mundial.

Esto – dice Marx – es un intento de destrozar la máquina burocrática militar, y no simplemente de entregarla a otras manos. Y canta un verdadero hosanna a los “heroicos ” obreros de París, dirigidos por proudhonistas y blanquistas. “¡Qué flexibilidad — escribió Marx –, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses!”. . . “La historia no conoce todavía ejemplo de heroísmo semejante”.

La iniciativa histórica de las masas es lo que más aprecia Marx. ¡Oh, si nuestros socialdemócratas rusos aprendieran de Marx a valorar la iniciativa histórica de los obreros y campesinos rusos en octubre y diciembre de 1905!

A un lado, el homenaje a la iniciativa histórica de las masas por parte del más profundo de los pensadores, que supo prever medio año antes el revés; y al otro, el rígido, pedantesco, falto de alma: “¡No se debía de haber empuñado las armas!” ¿No se hallan acaso tan distantes como la tierra del cielo?

Y en su calidad de participante en la lucha de masas, en la que intervino con todo el entusiasmo y pasión que le eran inherentes, desde su exilio en Londres, Marx emprende la tarea de criticar los pasos inmediatos de los parisienses “valientes hasta la locura” y “dispuestos a tomar el cielo por asalto “.

¡Oh, cómo se habrían mofado entonces de Marx nuestros actuales sabios “realistas” de entre los marxistas que, en 1906-1907 se mofan en Rusia del romanticismo revolucionario! ¡Cómo se habría burlado esta gente del materialista, del economista, del enemigo de las utopías que admira el “intento” de tomar el cielo por asalto! ¡Cuántas lágrimas, cuántas risas condescendientes, cuánta compasión habrían prodigado todos estos hombres enfundados respecto a las tendencias motinescas, utopistas, etc., etc., con motivo de semejante apreciación del movimiento dispuesto a asaltar el cielo!

Pero Marx no estaba penetrado de la “archisabiduría de los albures”, que temen analizar la técnica de las formas superiores de la lucha revolucionaria, y analizó precisamente estas cuestiones técnicas de la insurrección. ¿Defensiva u ofensiva?, pregunta, como si las operaciones militares se desarrollasen a las puertas de Londres. Y responde: sin falta, la ofensiva, “ se debía haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles . . .

Esto lo escribía Marx en abril de 1871, unas semanas antes del grande y sangriento mes de mayo . . .

Los insurrectos que se lanzaron a la obra “loca” de tomar el cielo por asalto (septiembre de 1870) “debieron haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles”.

“No se debía de haber empuñado las armas” en diciembre de 1905, para defenderse por la fuerza contra los primeros intentos de arrebatar las libertades conquistadas …

“Segundo error – continúa Marx en su crítica de carácter técnico -: el Comité Central” (es decir, la dirección militar; tomen nota, pues se trata del CC de la Guardia Nacional) “abandonó el poder demasiado pronto” . . .

Marx sabía prevenir a los dirigentes contra una prematura insurrección. Pero ante el proletariado que asaltaba el cielo, adoptaba la actitud de consejero práctico, de participante en la lucha de las masas que elevan todo el movimiento a un grado superior, a pesar de las teorías falsas y los errores de Blanqui y Proudhon.

“De cualquier manera – escribía Marx -, la insurrección de París, incluso en el caso de ser aplastada por los lobos, cerdos y viles perros de la vieja sociedad, constituye la proeza más gloriosa de nuestro Partido desde la época de la insurrección de junio”.

Y Marx, sin ocultar al proletariado ni uno solo de los errores de la Comuna, dedicó a esta proeza una obra que hasta hoy día es la mejor guía para la lucha por el “cielo”, y el espanto más temido por los “ cerdos ” liberales y radicales.

[…]

V. I. Lenin [5/2/1907]

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